María Rosal
Era bello y prohibido, lo que hacía
aún más deseable su estatura,
el arco de su pecho, su grandeza,
su forma de mirar, como una herida.
Era altivo, inasible. Nos tenía
bajo el yugo febril, en la penumbra
del amor incumplido largamente.
Sabiéndonos perdidas, decidimos
que no importaba el precio: la victoria
habría de ser su piel o nuestra vida.
Bajo un cielo de neón de luna muerta
velamos nuestras armas. Apostadas
en el rincón canalla, en la espesura
del último garito, dispusimos
el cerco tras el horno, imaginando
que bien valía el botín tanta batalla.
Era hermosa la noche. Consintieron
los dioses que el combate se inclinara
a mi estrella. Cuerpo a cuerpo, feroces,
desnudos y silentes demoramos
la huida. Mas cuando despeñamos erguidos
los deseos y coloqué mi beso
sobre su frente esquiva, como en todos
los cuentos se deshizo el hechizo
y mi príncipe-rana se perdió con la noche.
Poemas variados
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No dependas de nadie en este mundo, porque hasta tu sombra te abandona cuando estás en la oscuridad.
-
Nunca se puede dictar en el corazón de alguien.
-
La luna que te ilumina me confesó un secreto: me contó que me querías y me dijo que te amara.
-
No hagas que te abran la puerta del corazón si sólo vas de paso.
-
Regálale tu ausencia a quién no supo valorar tu presencia y recuerda que quién mucho se ausenta pronto deja de hacer falta.
-
Un hombre sincero no te mentirá, un hombre inteligente no te perderá y un hombre de verdad no te decepcionará.
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COMO EN TODOS LOS CUENTOS
miércoles, 13 de abril de 2011
Etiquetas:
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METO EL PASTEL DE CALABAZA EN EL HORNO
miércoles, 18 de agosto de 2010
Gabriela Aguirre Sánchez
Meto el pastel de calabaza al horno
y desde aquí
lo veo convertirse en otra cosa.
La ebullición,
el calor mezclado con ese otro calor
de lo que en otro lugar,
más adentro,
también hierve y se transforma:
doscientos grados centígrados
para transformar el dolor.
¿Qué hay que nos llama
entre esas paredes de acero?
Tal vez,
el fuego sabe nuestro nombre,
el dialecto que hablan
las mujeres que viven solas.
Qué hay en el interior del horno
donde mi madre deja la carne mezclarse
con el vino blanco y las almendras.
Qué, a pesar del vacío.
Qué.
Y como sea tengo la certeza
de una vida mejor y más amplia,
entre el polvo para hornear
y los fugaces acontecimientos de la cocina.
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